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Como ya he comentado en alguna ocasión, la adolescencia suele ser una etapa complicada para tener momentos íntimos con la pareja en un lugar relativamente cómodo y sin entes humanos incordiando alrededor. Generalmente, por problemas que se reducen a lo económico. No hay independencia residencial, ni coche, ni dinero suficiente para alquilarse un lecho.

Pero cuando a un chico la flauta le suena en el pantalón y a la manceba se le descuadra la posición del tanga por un aumento de tamaño del garbanzo, esos factores espaciales cobran una importancia secundaria. Llegados a un punto de calentón considerable, se baja uno el pantalón donde haga falta.

Algo así es lo que les pasó a estos dos adolescentes, un feo y un bomboncito de Benidorm y Guirilandia, respectivamente, que les subió la bilirrubina en el apartamento de verano de él y se lo montaron directamente sobre la especie de tatami, camastro provisional de 80 cm de la hermana pequeña.

A pesar de ser jovenzuelos, no parecen novatos en estas lides. El chaval se la clava como si de un Rocco Sifredi se tratase, aunque con el pingajo menos apreciable. Eso sí, no es para menos, la teenager está para dispararle, recargar munición y repetir hasta matarla de placer.

Pero, ¿y qué me dices de los calcetines? ¿Tendrían frío o serían fruto del “aquí te pillo, aquí te mato”?

El levantino no la vio más gorda en su vida.