muneco

¿Quién dijo que las muñecas hinchables eran cosa de hombres huraños, onanistas y desesperados? Yo soy una chica joven, creo que no muy difícil de mirar, y sin embargo, siento inquietud y morbo por algunas parafilias y perversiones poco bien vistas por la sociedad.

Cuántas veces se suele oir/leer eso de “Cómprate una muñeca hinchable” en modo despectivo e imperativo a aquellos que son más feos que un dolor de coxis y que lo tienen muy complicado para pillar cacho en cualquier situación y circunstancia de la vida sexual en sociedad. ¿Sí o sí?

Pues he aquí yo, una apasionada de la innovación, desarrollo e importación de juguetes y cachivaches fabricados con fin erótico, y en muchos casos, con finales felices. Mi fijación por los monigotes hinchables en versión masculina -las femeninas son más atractivas, pero para mi uso personal les veo menos utilidad- viene de muy atrás, pero no hace mucho que un amigo con derecho a mucho roce, me regaló uno por Reyes tras haberme tirado meses dándole la paliza con mi apetencia de plástico humaniforme.

Carlos, que así se llamaba él, me llamó en la misma noche del 5 de enero de 2008 para que fuese a su casa, que me esperaba calentando la cama. Así que rauda y veloz me fui en taxi a su lecho. Pude contemplar su supuesto bulto corporal bajo las mantas, hasta que las aparté y me encontré con un precioso a la par que bizarro muñeco de látex importado de Alemania y valorado en 1.500 euros.

Nunca he dado importancia al precio de mis regalos, pero esto era algo especial de lo que andaba mucho tiempo detrás de ello. No sabía si ponerme a llorar o correrme sin tan siquiera haberlo rozado.

Me encendí tanto que no tardé en desnudarme y comenzar a frotarme contra él, chuparlo, clavarlo en mi como si fuese un hombre de verdad, pero sin escucharlo dándome órdenes ni protestando.

En esos momentos yo ya me había olvidado por completo de Carlos, hasta que de repente oigo un terrorífico estruendo que no provenía más que del mamporrazo que él se acababa de dar contra el suelo al caerse de una estantería de su armario, desde donde me estaba grabando mientras me follaba al monigote. Él sólo pretendía darme una sorpresa con la grabación, pues sabía que me provocaba un tremendo morbo eso de ser grabada, pero le salio rana la bella intención de sorprenderme.

No importó. No tardé en invitarle a un trío con el plástico inanimado y conmigo. Incluso se desvirgó en el sexo homosexual activo sodomizando al pobre muñeco, y qué bien nos lo pasamos los dos, obteniendo placer y orgasmos más largos que los del cerdo.

Finalmente, Carlos inició ahí su fijación compartida conmigo, y a día de hoy vive con tres muñecas y dos muñecos, donde cada cual tiene un nombre y una personalidad asignada.

Os podéis hacer una idea de nuestro primer affair con el siguiente video sacado de la red.