mamadaEn general, no tengo muchos problemas en mi vida, pero hay uno que vale por todos. Sufro insomnio y sólo se me apacigua manteniendo relaciones sexuales. Mi drama de todo esto es que durante la semana duermo sola, y me es muy complicado suavizar este síndrome del sueño.

Este viernes se me vio agravada la dolencia por unas Jornadas de Cine de Terror a las que acudí por la tarde, lo que me afectó duramente una vez entrada la noche, y sumándole a ello que estuve sin socializar con ningún macho susceptible de poder camelarlo para hacer más llevadera la nocturnidad.

A las 3 a.m. no podía más y llamé a mi vecino Gaspar, antiguo compañero de un curso de ajedrez de la Asociación de Juegos de Mesa del barrio, y me dio permiso para colarme en su habitación. Él nunca la vio más gorda. Pero yo no llegué a verla más estrecha.

Esta vez las dimensiones no importaban, yo estaba atemorizada y ya se sabe que por la noche todos los gatos son pardos, aún más si no enciendes la luz.

Al rato de meterme entre sus sábanas, me sumergí en las profundidades y comencé a amasar su rabo, un rabo que se escapaba entre mis dedos, pero terminó más duro que una estaca. Él parecía nervioso, mas no oponía resistencia.

La verdad que el morbo que me producía Gaspar era de cero, pero no estaba el horno para bollos y no quedaba más remedio que conformarse con lo que había. Todo con tal de machacar mi terror y conseguir dormir unas horas en paz y gloria.

Curiosamente, su polla comenzó a endurecerse y ensancharse de una forma que no hacía honor a su tamaño inicial, eso era señal de que estaba notablemente cachondo. Se la mamé un buen rato a oscuras y le comí los huevos de una manera que hasta yo creí estar poseída como la niña del Exorcista.

Cuando ya parecía demasiado animado, pasé de chuparlo a cabalgarlo un poco, más que nada por si acaso le daba por sufrir alguna precoz eyaculación y me quedo sin follar, más la consecuente falta de sueño.

Siete minutos y medio duró el coito. Se corrió como un colibrí, yo no llegué a ello. Tuve algún amago de orgasmo, pero no lo alcancé, faltó algo de tiempo.

Sin tan siquiera ofrecerme un zumo de naranja, se puso de medio lado y se quedó dormido como una marmota. Yo me masturbé con un bote de crema de afeitar Gillette que tenía en su mesilla, y finalmente, conseguí dormirme también.

Fue una experiencia dura, pero muy fugaz